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Que no juegue más a rol no quiere decir que no me siga gustando imaginar ambientaciones, historias y personajes. Como parte de la política de “publícalo todo, incluso cuando creas que no es bueno”, les presento hoy la primera parte sobre una ambientación que he llamado El Exilio.

Un nuevo mundo

Los dioses nos castigaron. Castigaron nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra hambre de poder. Castigaron nuestra ambición, nuestro odio, nuestras guerras, todas las muertes que causamos. Reina, soldado, obrero, larva: no perdonamos a ninguno. Destruimos colonias enteras. Las arrasamos, les prendimos fuego, las derrumbamos, no dejamos de ellas más que la huella y el recuerdo. Todo por amor. Por amor a nuestra Reina, la más grande, la única, la verdadera.

Y así, al día siguiente a nuestra mayor victoria, cuando los Hijos de Tabtra éramos los dueños de todas las tierras que se veían desde la torre más alta de nuestro nido y con el horizonte salpicado por los cadáveres de nuestros enemigos, despertamos en otro mundo.

Esta ambientación tiene un poco de las Secret Wars de Marvel: varias razas, por razones inescrutables, son transportadas a otro mundo. Es un mundo hecho de trozos de otros mundos, un mosaico de gentes y lugares encajados por la fuerza, como piezas de puzzles distintos.

Cada raza ha sido colocada en un sitio muy distinto al que está acostumbrado. Los que vivían en el desierto ahora viven en ciénagas; los que necesitaban calor para vivir ahora viven en tierras heladas; los que eran marineros ahora viven tierra adentro. Una prueba más que superar si quieren sobrevivir.

Las llanuras se convirtieron en ciénagas y bosques oscuros, con raíces retorcidas y afiladas que se clavaban en el suelo inundado. Bestias de piel correosa y monos aulladores sustituyeron a las gacelas y los pájaros de la sabana. Una niebla pestilente se cierne día y noche sobre la tierra, envenenando al que la respira demasiado tiempo. Espíritus malignos merodean en la noche, llenándola de quejidos y suspiros.

La noche de este mundo es distinta a la del nuestro. Las constelaciones que guardaban nuestro sueño han desaparecido, sustituidas por otras extrañas a las que apenas hemos puesto nombre. Su luz, débil y distante, apenas ilumina las noches, que nunca han conocido el abrazo de la luna.

Nuestros astrólogos todavía no saben cuánto, pero están seguros de que los días y las noches son más cortos. El sol nace con violencia y cubierto de rojo, como arrancado por la fuerza del vientre de la noche; y huye del firmamento como un animal perseguido. La noche cae pesada como una losa, ahogando los últimos rayos de luz.

Y en la balanza, el Castigo y el Perdón. En el Exilio no hay “buenos” y “malos”: todos son culpables. Todos están aquí porque en su antiguo mundo cometieron algún crimen. Pero al mismo tiempo, quien quiera que les trajo aquí les ha dado una oportunidad para redimirse. Una distinta para cada grupo, a veces contradictoria, a veces incomprensible, a veces (aparentemente) imposible.

Un monolito se yergue en la plaza central del nido, con una inscripción: Manteneos limpios de sangre durante cien años y seréis libres.

Los exiliados de ahora no son los primeros en llegar a este mundo. Por doquier quedan restos de otros que estuvieron antes que ellos. Si consiguieron superar la prueba y volvieron, o se quedaron en el Exilio y desaparecieron, nadie lo sabe.

Memferhat

En esta primera entrega les voy a hablar del reino de Memferhat, el “reino nuevo” de los Hijos de Tabtra.

El Exilio según el reino de Memferhat
El Exilio según el reino de Memferhat

Los Hijos de Tabtra son una raza de insectos gigantes e inteligentes parecidos a los escarabajos, que vienen de un mundo cálido y semidesértico. Como los escarabajos, tienen seis patas; pero caminan erguidos sobre dos de ellas y usan las otras cuatro como brazos. Viven en “nidos”, grandiosas y laberínticas fortalezas-ciudad gobernadas por una reina con poder absoluto. Todos los habitantes de un nido son sus hijos. Tabtra fue la primera de estas reinas, dice la leyenda. De ahí el nombre de su gente.

Las reinas tabtrianas son territoriales, agresivas e implacables. Entre sus virtudes no se encuentran ni la compasión ni la humildad. No permiten oponentes dentro de su territorio, que puede ser más o menos grande según sus ambiciones y la capacidad de su ejército. A pesar de los esfuerzos de la diplomacia tabtriana, contener las ansias conquistadoras de las reinas es una labor complicada y poco fructífera.

La sociedad tabtriana está dividida en cuatro castas: trabajadores, guerreros, zánganos y princesas. Todos nacen de los mismos huevos, pero el cuidado y el estímulo de la reina y las princesas orientan las larvas a uno u otro destino.

Los trabajadores son los miembros más abundantes del nido. Son poco más que autómatas sofisticados: pequeños y fuertes, pero apenas inteligentes. Tienen que ser dirigidos por las castas superiores. Son artesanos, albañiles, herreros, campesinos, y cualquier cosa que requiera trabajo manual. Una vez reciben instrucciones, las llevan a cabo sin preguntar.

Los guerreros son los más grandes y fuertes de los tabtrianos: un adulto puede llegar a medir dos metros largos de alto y casi lo mismo de ancho, y pesar cerca de cuatrocientos kilogramos. Están cubiertos por una armadura quitinosa que nunca deja de crecer. Con los años se vuelve más gruesa y dura, y también intrincada y barroca: se llena de espolones y patrones únicos para cada individuo. Esta armadura se convierte en su ataud: un soldado joven, con una armadura todavía en crecimiento, se mueve ágilmente y es un luchador formidable; pero a medida que pasan los años la armadura se hace más pesada, y apenas pueden con ella. Los guerreros más viejos forman la vanguardia de las legiones tabtrianas, un muro casi indestructible que protege a los guerreros más jóvenes pero de poca movilidad. En las llanuras y planicies nativas de la especie, no era un problema. En Memferhat, con sus pantanos y suelos de barro, estas moles fortificadas tienen que ser ayudadas para moverse, convirtiéndose en un blanco fácil para sus enemigos.

El final de la vida de un guerrero no es agradable: con los años, pierden la vista y la capacidad de moverse. Al final necesitan ayuda para comer, y poco después mueren de hambre porque su armadura obstruye su boca, como un yelmo que no abre. Los cadáveres de los mejores son conservados por las artes de los tabtrianos como estatuas que colocan en las puertas, previniendo a los extraños sobre qué oponentes les esperan. Con sus antenas en forma de cuernos ramificados, los espolones de su armadura, su gran tamaño y pintados de color dorado (el color natural que tienen en su madurez, que se aclara hasta ser gris claro cuando se hacen viejos), son guardianes mudos pero impresionantes.

Los zánganos son los burócratas de la colonia. No combaten, no producen comida, ni pueden poner huevos; pero sin ellos la colonia caería en el caos más absoluto. Son los arquitectos, los maestros, los escribanos, los contables, los consejeros, los diplomáticos, los médicos. Tienen el aspecto de un secretario anciano y rechoncho: bajos, anchos, de antenas y ojos prominentes y brazos delgados. Tienden a la intriga y el politiqueo, como todos los funcionarios.

Las princesas son la flor y nata de la colonia. Altas, esbeltas (en comparación con los zánganos y los guerreros) y muy inteligentes, son las que dirigen y gobiernan, ayudando a la reina. Actúan tanto de consejeras como de ejecutoras de sus órdenes. Son ellas las que se mueven por el nido organizando y dirigiendo a las demás castas. Como reinas en ciernes, son agresivas, orgullosas y temperamentales, poco dadas a la lástima o la filosofía; pero también valientes, decididas y con voluntad de hierro.

Y por fin llegamos a la reina. La reina tiene dos cosas que nadie más en la colonia posee: la capacidad de reproducirse y la lealtad ciega de todos sus hijos. Las feromonas que segrega aseguran la fidelidad de todos los que gobierna. La segregación de feromonas es una consecuencia directa de la reproducción; no se puede tener la una sin la otra.

Y es una suerte para ella, porque cuanto más inteligentes es un tabtriano, menos le afectan las feromonas. Las princesas y los zánganos están menos atados por el vínculo con la reina. Quien se enfrente a ella tendría que enfrentarse a toda la colonia, y eso mantuvo a la reina en su trono y a las princesas en su sitio … hasta que llegaron al Exilio.

Las Princesas Rebeldes

He consumido casi todos mis días, más de noventa años de Memferhat, algunos menos en años del Antiguo Mundo. Mi maestro Tetshef tenía ciento diez y mi caparazón todavía era verde cuando me nombró su sucesor. Hace cuatrocientos años que estamos en este mundo, exiliados, y no hemos sido capaces de cumplir el mandato del monolito. Cuanto más tiempo pasa, más lejos estamos de conseguirlo.

Vivo en el exilio del Exilio: nací en el nido de Ankhmat, nuestra primera colonia, donde la reina Basor fundó nuestro hogar recién llegados a este mundo. Pero tuve que escapar de allí para salvar mi vida. Ahora, junto a otros de mi casta, vivo en el santuario de Iyma. Hemos conseguido que las reinas mantengan su palabra de respetar este templo y dejarnos vivir en paz, pero no sabemos cuánto tardarán en arrepentirse.

Todo empezó con la princesa Nubra. Yo la conocí bien: alta, bella, de largas antenas doradas y ojos penetrantes. Fui su tutor desde que mudó su primer caparazón. Subía a la torre de Ankhmat y desde allí miraba hacia el horizonte. “Desearía ser reina para hacer que la colonia creciera hasta donde llega la vista”, decía. Pero no era posible: Basor era la reina, y no había nombrado sucesora. Sólo con su bendición podría Nubra cumplir su sueño.

Pero estas tierras han cambiado a nuestra gente. Un día Nubra vino a mí, nerviosa, asustada. ”Takhsat”, me dijo, “mírame. ¿No me notas distinta?”. Y así era: sus colores, las franjas de su caparazón, la hinchazón de su abdomen … Nubra se estaba convirtiendo en reina.

“¡Felicidades, Nubra!”, dije. “¿Cuándo te ha nombrado la Reina su sucesora?”

“No lo ha hecho”, dijo ella.

Nubra se estaba convirtiendo en una reina de forma espontánea. Nunca se había visto tal cosa en los años de nuestra gente. Las implicaciones eran terribles. ¿Sería la única? ¿Le estaría pasando a más princesas?

Intenté convencerla de que hablara con la Reina. Ella sabría qué hacer. Pero se negó. Tenía miedo. Nubra pensaba que había hecho algo terrible, que Ptah la había castigado convirtiéndola en algo raro y obsceno. Intenté tranquilizarla, y la envié a sus aposentos. Como cuando era una jovencita, le dije que no se preocupara, que yo me encargaría de todo.

Tardé varios días, pero al final le confesé a la Reina lo que sabía. Le conté lo extraordinario de la condición de Nubra, el miedo que tenía a caer en desgracia, lo segura que estaba de que la Reina, su propia madre, no la aceptaría. Alabé la virtud de Nubra, su lealtad, su inteligencia, y lo buena reina que sería si la Reina, aunque no fuera de la forma tradicional, la nombrara su sucesora. Me escuchó muy atentamente, sin interrumpirme. Cuando acabé, me dijo que había hecho bien en contárselo, que ella se encargaría. Yo sería recompensado, y Nubra atendida como merecía.

Al día siguiente un gran revuelo agitaba el nido. Le pregunté a otro zángano que ocurría. “¡La princesa Nubra ha muerto!”, dijo.

La princesa Nubra no fue la única, pero sí la primera.

Antes, la reina “bendecía” a su sucesora con el don de la reproducción. Segregando unas feromonas especiales, iniciaba en ella la transformación de princesa virgen a reina fértil. La sucesión era elección de la reina, que escogía a la princesa que creía mejor preparada … o a la que más le convenía.

Algo en el Exilio ha roto este orden. Sin que la Reina Basor tuviera nada que ver, la princesa Nubra se convirtió en reina. Murió por ello, y cuando se supo lo que le había ocurrido antes de morir, muchos en el nido ataron cabos y sospecharon quién había detrás del asesinato. Poco a poco, el nido se llenó de cuchicheos apuntando a la Reina como la culpable.

Otras princesas sufrieron la misma transformación. A diferencia de Nubra, se cuidaron bien de mantenerlo en secreto. Pero no era posible hacerlo durante mucho tiempo: los cambios eran demasiado evidentes, y la Reina tenía espías en todas partes y una intuición sobrenatural. Pronto, otras princesas aparecieron muertas o desaparecieron. Las que quedaron tomaron una resolución: rebelarse.

Mediante las artes de las que poseían, varias princesas huyeron del nido. Basor mandó a sus esbirros a por ellas. Mandó a los más fieles, aquellos que no vacilarían aunque se les mandara cometer el sacrilegio que para cualquier tabtriano era atentar contra una princesa. Pero las princesas se ocultaron bien, y casi todas evitaron el destino que la Reina tenía reservado para ellas.

Pasaron diez años, veinte, treinta. Basor había convertido en costumbre ejecutar a las princesas que manifestaban síntomas de convertirse en reinas, y había adoctrinado a sus hijos en la creencia de que tales seres eran abominaciones, corrupciones del orden de las cosas que no traerían más que desgracias a la colonia: anarquía, desorden, confusión. Como su Reina, a la que adoraban como una diosa, sus hijos la creían a pies juntillas. Y por si acaso tenían dudas, la Reina creó una especie de policía secreta que se encargaba de que los escépticos se encontraran con las princesas a las que defendían.

Pero cuando la Reina había empezado a pensar que las princesas habían perecido presa de las bestias de las ciénagas, ahogadas en arenas movedizas o por la exposición a los elementos, reaparecieron, lideradas por la princesa Mehthys. Y no venían solas: junto a ellas venían sus hijos, un ejército nuevo nacido en el Exilio.

La guerra fue terrible. Las huestes se enfrentaron con odio, sin ofrecer ni pedir cuartel. Los guerreros cayeron en tal número que sus cascarones vacíos, gastados por la lluvia, cubiertos de musgo y plantas, se convirtieron en una vista común en todo el reino. El nido de Ankhmat cayó, y la coalición de princesas lo invadió y acabó con casi todos sus habitantes. Las princesas en persona, ahora reinas de abdomen grande y pesado, apenas capaces de moverse, apuñalaron una tras otra a la reina Basor y tiraron sus restos delante de la fortaleza, despedazados y sanguinolentos, a la vista de todos sus supervivientes.

Los trabajadores que sobrevivieron, confusos y perdidos, huyeron y murieron de hambre y frío, desperdigados por las cercanías del nido. Ningún guerrero sobrevivió: murieron todos combatiendo. Las pocas princesas que Basor había mantenido con vida fueron ejecutadas, para que la semilla de Basor desapareciera con ellas. Los únicos que quedaron vivos fueron un grupo de zánganos, que apelando a su condición de maestros y cuidadores de muchas de las rebeldes consiguieron ser perdonados y fundaron el santuario de Yima alrededor del monolito, en la costa, siguiendo el río Shemhe que baña los pies de Ankhmat.

Río arriba, Mehthys refundó Ankhmat, que significa “el sillar de la Reina”. El resto de las princesas fundaron sus propias colonias: Genteheb, al este; Tefnen, al sur; Imphis, al oeste; Khudaa, al norte; y otras más lejanas, como Ptahire, Ferkephtra y Mutast. Firmaron un acuerdo para respetar sus territorios y no enfrentarse entre sí en el futuro.

Pero la naturaleza de las reinas no ha cambiado, aunque su reino lo haya hecho. No tardaron en surgir las rencillas; se reavivaron las ascuas de las viejas afrentas; se traspasaron los imaginaros límites de los reinos; y pocos años después de la muerte de Basor, Memferhat se convirtió en lo mismo que el mundo antiguo: un campo de batalla en el que las reinas luchan entre sí.

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